Escuchábamos la sirena del camión de los bomberos cada vez más y más cerca. Así despabilaba a toda la manzana que saltaba la siesta del sábado. Quitaba el velo tibio a la ciudad.
Todos escapábamos de los edificios tras el auto bomba que traía al impostor.
Mi madre quedaba atrás, lejos, parada en la vereda con el peine en la mano, rogaba que nos dejáramos hacer trenzas antes de la huida. Pero nosotras corríamos y corríamos riendo, en bermudas de colores por Villa Crespo, hechas para vestir pero no para lucir.
Esas tardes calurosas en vísperas de navidad todos asistíamos a la plaza en donde se estacionaba el camión de los bomberos. En el se encontraba alguien parecido a Papá Noel que nos saludaba y a veces nos regalaba caramelos. Sabíamos de que se trataba, nos era propio el evento y lo insignificante nos significaba. Después de eso, retornábamos entusiasmadas por Dorrego, tocando timbre y corriendo, molestábamos en cualquier edificio.
Pero en una de esas vueltas camino a casa crecimos y los discursos se volvieron premeditados. Nadie nos dijo que dejáramos de correr por aquellas causas, sin embargo, lo hicimos. Así corrimos por cosas y cosos. Por la primera y la última materia. Por el trabajo cool.
Yo no se cuándo las bermudas de colores aparecieron pixeladas. Las palabras de amor rasterizadas. Tal vez fue corriendo, pero cómoda en taxi, en dirección opuesta a la plaza y su ilusión.
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