
-¡Les juro chicas, les juro que cada vez que lo veo siento que me meo!, nos decía Maro con palabras y con todo su cuerpo. Después de pasar el mate, uno nuevo super chic de silicona, se tiró en el sillón suspirando y con la mirada chispeante pensando en su chico.
Cuando el resto de las chicas contaba sus desventuras y aventuras, casi todas hablando al mismo tiempo, entre carcajadas que dificultaban terminar de entender alguno de los relatos, me fui a la cocina. Mientras el agua se calentaba e intentaba adivinar si estaba en el punto justo para retirarla del fuego, pensaba en que hacía mucho que no me sentía alborotada en cuerpo y el alma por un hombre. Me pregunto si será porque con el correr de los días se ama de una forma distinta o porque simplemente perdí en alguna sábana esa capacidad.
Como sea, hace tiempo siento que vivo el amor como detrás de escena. Como si en el momento culmine de un film, en ese instante sublime donde todo parece perfecto; la música, el paisaje urbano, quizá una delicada lluvia y el protagonista que finalmente besa a la bella dama, yo lo viviera desprovisto de toda emoción. Detrás de escena, donde, en lugar de vivir mágicamente el momento, puedo ver los cables que cruzan el estudio, al cámara intentando captar el momento justo y al muchacho de iluminación colgado de alguna parte.

