Esta semana no puedo encontrar alcauciles en las verdulerías y cuando, como ahora, es su temporada, yo no puedo parar de querer comerlos.
Esto no es metáfora, hablo de la flor que da la planta, esa que parece algo antigua, casi de plástico y mutante.
Suelo comer dos alcauciles, también llamados alcachofas, al mediodía y a veces hasta tres por la noche. Así intento aprovechar todo lo posible estos meses en lo que florecen, viven algo, para inmediatamente ser vendidos en la verdulería donde finalmente son comprados y devorados por mí.
Los hiervo 15 minutos en agua y preparo un brebaje de aceite y aceto en un recipiente pequeño, que luego será la bañadera donde sumergiré el extremo más carnoso de cada hoja el cual terminará arrasado por mis dientes frontales, discriminando el resto de la hoja.
Entonces los voy desarmando, como y apilo las hojas ya sin gracia, haciendo una especie de torre vegetal. Pero al final llega lo mejor: el corazón del alcaucil. Demasiado rico.
Estoy desesperada peregrinando unas cuantas verdulerías, pero parece que no están entregándoles alcachofas y esto me tiene insatisfecha. Tampoco consigo la planta en algún vivero para plantar un par en el patio y autoabastecerme, evitando así este periodo de abstinencia donde los espárragos no logran un efectivo reemplazo.