22 nov 2009

Manzanas verdes en mi panza


Hay manzanas verdes en mi panza cuando estoy en camino

cuando en la puerta espero

cuando te abrazo como borracha y me cuelgo en tu cuello

y las hay también cuando te pones hosco

Hay manzanas en mi panza cuando tu mirada se descuida y te veo

Y no me digas que sólo existe tu banana porque aca hay manzanas,

son verdes, en mi panza y las siento

19 nov 2009

Faltan alcachofas en las verdulerías

Esta semana no puedo encontrar alcauciles en las verdulerías y cuando, como ahora, es su temporada, yo no puedo parar de querer comerlos.
Esto no es metáfora, hablo de la flor que da la planta, esa que parece algo antigua, casi de plástico y mutante.

Suelo comer dos alcauciles, también llamados alcachofas, al mediodía y a veces hasta tres por la noche. Así intento aprovechar todo lo posible estos meses en lo que florecen, viven algo, para inmediatamente ser vendidos en la verdulería donde finalmente son comprados y devorados por mí.
Los hiervo 15 minutos en agua y preparo un brebaje de aceite y aceto en un recipiente pequeño, que luego será la bañadera donde sumergiré el extremo más carnoso de cada hoja el cual terminará arrasado por mis dientes frontales, discriminando el resto de la hoja.
Entonces los voy desarmando, como y apilo las hojas ya sin gracia, haciendo una especie de torre vegetal. Pero al final llega lo mejor: el corazón del alcaucil. Demasiado rico.
Estoy desesperada peregrinando unas cuantas verdulerías, pero parece que no están entregándoles alcachofas y esto me tiene insatisfecha. Tampoco consigo la planta en algún vivero para plantar un par en el patio y autoabastecerme, evitando así este periodo de abstinencia donde los espárragos no logran un efectivo reemplazo
.

18 nov 2009

Fuera de juego


El mozo se acerca, vos pedís y yo me disculpo... por no saber todavía qué tengo ganas de tomar.

Estás nervioso, alborotado. Todavía no soltas palabra, pareciera que todas se manifiestan en un silencio, se apretujan encadenadas, encimándose; las de afuera se adelantan y desplazan a las otras más sentidas, y así terminan anuladas.
No es vergüenza lo que las atolondra, es tu ansiedad por decir y vivir tu merecido triunfo.
El mozo deja tu café y le pagas apresurado. Ahora que es el momento para que comiences no lo haces tampoco y evito decirte las ganas que me invaden de irme a casa a dormir una siesta asesina, de hacer pausa entre las sábanas y que las frazadas me pesen.
A través de la ventana miro el kiosko de revistas muy colorido y sigo cada tapa de ejemplar hasta recorrer las últimas horizontalmente. Luego les sigue un colectivo de línea desconocida que se mantiene inmóvil esperando que abra el semáforo. En él observo que viaja un hombre parecido a mi abuelo, entonces me pregunto a dónde irá o de dónde vendrá, que hará de su vida. Tomo conciencia de que él desconoce que una extraña lo estudia a la distancia, desde una cafetín clásico, de azulejos sudados de escuchar conversaciones ajenas.
¡Pero qué tonterías pienso, quiero irme!

Comienza la danza lingüística, tras contradicciones, tácticas y algunas palabras prestadas, me sentencias a muerte. Te miro con ternura y si tuviera fuerzas te rogaría un poco hasta peliarme con el cielo, ¿pero cómo decirte que hace tiempo me siento fuera de juego…?

Traicionera mi mente se escapa y te abandona, sin precaución cruza la avenida y toma el 93 para encontrarse con él en su departamento. Estamos en el balcón enjaulados y somos dos animales que no necesitan más que lo indispensable. Las macetas robustas de patas y cemento nos refrescan en la tarde calurosa. Extraño esa manera de querer.
Dónde estas.

Le indicas al mozo la cuenta pero él te recuerda que ya le pagaste.
Las últimas estrofas empaquetadas sellan nuestro final. Así te alejas creyendo tu historia y yo protegiéndote de la mía.